Madrid Curioso — 2 noviembre, 2016 at 14:05

Un homenaje a Larra a través de las calles de Madrid

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Mariano José de Larra nació, vivió y murió en Madrid. Fue un madrileño atípico, eso sí, porque siempre fue un verso suelto y nunca quiso seguir al rebaño; siempre decía lo que pensaba y siempre pensaba lo que escribía. Retrató como ningún otro a los madrileños; a los de su tiempo (primera mitad del siglo XIX) y a los de la actualidad. Sus textos son tan incisivos, tan mordaces y tan analíticos que pueden extrapolarse a cualquier época. La ineficacia de la burocracia (“Vuelva usted mañana”), la falta de interés por la cultura (“No se escribe porque no se lee o no se lee porque no se escribe”) o las costumbres toscas y chabacanas (“El castellano viejo”) son tan ciertas hoy en nuestra ciudad como hace 200 años.

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Lugar de nacimiento

Su vida fue breve, casi fugaz si la juzgamos según los parámetros actuales de esperanza de vida: no llegó a cumplir los 28 años. Pero sin duda fue muy intensa y la vivió tal como él quiso, ni más ni menos. Se le incluye en la tendencia romántica, la de la exaltación de los sentimientos hasta llevarlos a los extremos, seguramente más por su vida que por su obra. Fue el periodista mejor pagado de su tiempo y uno de los escritores más leídos y populares en nuestro siglo XIX. Veremos su historia a través de las calles de Madrid.

Vayamos primero a su lugar de nacimiento, la calle Segovia a la altura de las escaleras del Fotógrafo Alfonso, poco antes de llegar al viaducto de la Calle Bailén. Allí se encontraban unas casas que se destinaban a los trabajadores de la Casa de la Moneda, fábrica que se encontraba un poco más abajo, junto al rio. Como quiera que el abuelo de Larra era trabajador de la misma, allí vivió toda la familia y nació él un 24 de Marzo de 1809.

La fecha no fue muy halagüeña, ya que Madrid se encontraba ocupada por los franceses, en plena Guerra de la Independencia y a las puertas de los “años del hambre” (1810-1812). Además, su padre era afrancesado (partidario de José I, hermano de Napoleón e impuesto por él en el trono español) y fue incluso médico personal del propio monarca y de las tropas francesas en Madrid. Esto hizo que al acabar la guerra, la retirada de los franceses conllevará la marcha de los afrancesados con ellos, y Larra y su familia marcharon primero a Paris, después a Burdeos y por último a Marsella.

Busto de Larra en la calle Bailén
Busto de Larra en la calle Bailén

Allí el joven Mariano José de Larra tuvo una educación laica, ilustrada y progresista, basada en la razón y el conocimiento. Esto le llevó a mantener una postura crítica hacia la España atrasada y anclada en el pasado que se encontraría cuando volviera a nuestro país con 9 años. A esa edad era capaz de traducir del latín al francés “La Ilíada”, pero no sabía apenas una palabra de español. Si a eso le sumamos que no le gustaba jugar (pasaba el día leyendo), nos da como resultado que casi no se relacionara con sus compañeros de clase en las dos escuelas de Madrid donde estudió: el Colegio de los Jesuitas en la Calle Toledo y las Escuelas Pías de San Antón en la Calle Hortaleza.

Tras pasar unos años viajando con sus padres por toda la geografía española, vuelve a Madrid para estudiar en la Universidad primero Derecho y después Medicina, pero ambas las deja rápido. Se dedicará entonces a su verdadera vocación, el periodismo; y empezará a escribir algunos artículos y críticas literarias y teatrales, que compatibilizará con la redacción de poemas de juventud (“Canto a la Libertad”). Esta vocación pasó a convertirse en necesidad cuando se desvincula de sus padres por un tiempo. Fue un suceso algo turbio: empezó a salir con una mujer, que luego descubrió que era la amante de su padre. Así pues, se hace periodista a tiempo completo y hace traducciones de obras clásicas y textos del francés para ganarse la vida.

Trasladémonos ahora a la Iglesia de San Sebastián, en la Calle Atocha. Aquí se casó Larra el día 13 de Agosto de 1829, contando tan solo 20 años de edad y llevando apenas unos meses de relación con una tal Josefa Wetoret (curiosamente a la entrada de la Iglesia se recuerda este matrimonio, pero con error de fecha, 1819). El matrimonio duró solo 5 años y le dejó tres hijos y un maravilloso articulo autobiográfico: “El casarse mal y pronto”. La relación se rompió, mitad por aburrimiento de Larra hacia su esposa, mitad por deseo hacia otra. Aun casado inició una relación con Dolores Armijo, también casada, de la cual volveremos a hablar más adelante. En 1834, ambos (Dolores y Larra), deciden romper con sus parejas e irse juntos: Larra cumple, pero Dolores no. Y aquí se inicia una etapa de mayor pesimismo para nuestro personaje.

Iglesia de San Sebastián
Iglesia de San Sebastián, en la Calle Atocha. Aquí se casó Larra en 1829

No obstante, en 1834, cuando se separa de su mujer (embarazada de 5 meses), ya tenemos a nuestro escritor como un periodista de éxito (llegó a ser el mejor pagado y con diferencia de su tiempo) y viviendo cómodamente en la Calle Caballero de Gracia número 21. La vida le sonreía en casi todos los sentidos (excepto en el amor): tenía su propia publicación (El pobrecito hablador), escribía para al menos 5 periódicos y fue elegido incluso diputado a Cortes por Ávila en 1836. Se empezó a reunir con sus compañeros de generación literaria en la tertulia de un café, el Parnasillo, en la calle Príncipe: Ventura de la Vega, Bretón de los Herreros, los hermanos Bécquer, Espronceda… Aún existe un establecimiento en el mismo lugar y con el mismo nombre, pero nada que ver con el del siglo XIX evidentemente.

El Parnasillo en la calle Príncipe
El Parnasillo en la calle Príncipe

Pero poco a poco el pesimismo va haciendo mella en su espíritu, y sus ansias de cambiar el país y llevarlo hacia el avance, el progreso y la modernidad se dan de bruces con el borreguismo, el servilismo y la cerrazón española. No hay avance político apenas notorio en el país, los carlistas acechan a las puertas de Madrid con su intento de volver a imponer la Monarquía Absoluta, el Antiguo Régimen y la Inquisición; y los liberales luchan entre ellos por el poder en lugar de buscar juntos el progreso del país. En esas circunstancias escribe Larra sus dos artículos más oscuros: “Nochebuena del 36” y “Día de Difuntos”. En el primero se atisba claramente su pesimismo; en el segundo llega a calificar a Madrid como un Cementerio, diciendo que los únicos que verdaderamente tienen libertad son los propios muertos. E incluso en cartas a amigos afirma que “dichoso el muerto porque ese ya no sufrirá más”.

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Esquina de Amnistía con Santa Clara

Pero un rayo de luz llega en ese momento. Dolores Armijo, su antigua amante, le cita para verse un 13 de Febrero de 1837 en la casa del propio Larra, Calle de Santa Clara número 3 (aún existe el edificio pero muy reformado). Nuestro escritor se ilusiona ante la vuelta de su amada, cree que por fin ha dejado a su marido, pero nada más lejos de la realidad. Llega Dolores con su hermana y le dice que le entregue todas sus cartas y regalos porque no quiere volver a verle ni que haya pruebas de su amor. Larra no sabe cómo reaccionar, pero finalmente hace lo que le piden, completamente pálido. Las dos mujeres bajan las escaleras y de pronto se oye un fuerte ruido, un disparo. Larra se había suicidado disparándose directamente al corazón y para hacerlo más romántico, delante de un espejo para verse morir. Aún una placa en la esquina de Santa Clara con Amnistía lo recuerda: “Aquí vivió y murió Mariano José de Larra”.

Lápida del lugar de su muerte
Lápida del lugar de su muerte

La siguiente escena nos lleva solo unos pasos más allá, hasta la Iglesia de Santiago, donde se realizaron los oficios fúnebres y su ceremonia religiosa. Y fue así a pesar de haberse suicidado y atentar esto contra las leyes divinas. Es más, posteriormente fue enterrado en el Cementerio del Norte y trasladado años después a otro cementerio que había en la Calle Méndez Álvaro. Esto fue posible gracias a que el Ministro de la Gobernación era vecino (vivía un piso más abajo en el mismo portal) y gran amigo y admirador de Larra. En cuanto se enteró de su muerte ordenó que se cubriera su cadáver y fuera escoltado por cuatro guardias. Y en el informe sobre su muerte se escribió “sin causa definida”, a pesar de tener perforado su pecho por el balazo a quemarropa que se autoinfligió. A la ceremonia de entierro no pudieron asistir sus padres por vivir en Navalcarnero y ser los transportes muy lentos y la prisa por enterrar a Larra muy apremiante. Pero si se realizó un elogio fúnebre a cargo de un joven desconocido hasta ese momento, José Zorrilla, que se dio a conocer en sociedad en aquel evento.

Iglesia de Santiago
Iglesia de Santiago

En la actualidad Larra descansa desde hace más de un siglo en el llamado “Cementerio de los Poetas”, la Sacramental de San Justo, donde ha sido honrado y venerado por escritores ilustres y admiradores anónimos en numerosas ocasiones. Sus restos se encuentran junto a otros dos afamados escritores: Espronceda y Ramón Gómez de la Serna. Y a la entrada del Panteón una inscripción bíblica: “Dichoso aquel que alcanzó la sabiduría”. Y Larra lo hizo con tan solo 27 años de edad.

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Tumba de Larra en la Sacramental de San Justo

Larra murió, pero nos queda su rastro en las Calles de Madrid y en sus obras, escasas pero magnificas. Cerremos pues este homenaje con dos recomendaciones literarias: “Artículos de Costumbres” (recopilación de sus mejores artículos periodísticos) y “El Doncel de don Enrique el Doliente” (novela histórica que Letizia Ortiz le regaló al futuro Felipe VI en el día de su boda).

Post redactado por Álvaro Llorente para Espacio Madrid.
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2 Comentarios

  1. muy buen articulo

    • Espacio Madrid

      Nos alegramos mucho de que te guste José, pero sobre todo de que te haya servido para conocer un poquito más nuestro gran Madrid.

      Un saludo

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