Madrid Curioso — 4 mayo, 2020 at 20:22

El MUSEO DEL PRADO, posiblemente la Mejor Pinacoteca del Mundo (1ª Parte)

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No es el Museo de Arte más visitado del mundo ni está siquiera entre los diez primeros. Pero numerosos especialistas de Arte coinciden en señalar que nuestro Museo del Prado es la más importante Pinacoteca (Museo de Pintura) del Mundo. Es más, hasta hace unos años, antes de la ampliación de Moneo, había quienes apuntaban que era la mayor concentración de arte de primerísimo nivel por metro cuadrado. Este último hecho se debe a que, a diferencia de otros museos del mundo, no era demasiado extenso y no exponía demasiados cuadros; eso sí, los que estaban expuestos eran “la creme de la creme”.

Hay que decir al respecto que, aun teniendo en cuenta las últimas ampliaciones, los cuadros que vemos expuestos en el Prado son solo una mínima parte de los que están en su colección. Esto es obvio, no habría espacio ni multiplicando por cinco la superficie expositiva para alojar semejante caudal de arte. Por ello existe lo que se llama Prado Oculto y Prado Disperso. La primera acepción nos habla de los depósitos que pertenecen al Prado, tanto en el llamado edificio Villanueva como en otros cuantos edificios. Y la segunda define la cantidad de lienzos y otras piezas artísticas que el Museo del Prado como entidad tiene cedidos a otras instituciones: ministerios, embajadas, diputaciones, el Banco de España, dependencias oficiales y otros organismos públicos…

Museo del Prado
Museo del Prado

Pero cuando hablamos de la Mejor Pinacoteca del Mundo no solo hablamos de cantidad sino sobre todo de calidad. Es cierto que otros museos del mundo tienen mejores colecciones de esculturas, u obras más importantes de un periodo determinado, o salas y salas llenas de ingentes cantidades de piezas artísticas. Pero nuestro Prado tiene los mejores cuadros de muchos de los mejores artistas, además de una gran representación de casi todas las escuelas pictóricas europeas desde tiempos bajo medievales hasta finales del siglo XIX. Una breve muestra de ello: tenemos piezas espléndidas de estilo románico, gótico, renacimiento, barroco, romanticismo, neoclásico…; de escuela italiana (Tiziano, Rafael, Tintoretto…), holandesa (Van Dick, Jordaens, Bruegel el Viejo…), francesa (La Tour, Poussin, De Lorena…); pero sobretodo, y de esto debemos sacar pecho, los mejores cuadros de Rubens, Velázquez, Goya o el Bosco. Y esto sería menospreciar a muchos otros grandes pintores que tienen cabida en nuestro madrileño museo, pero solo era por dar una pequeña muestra de las joyas que alberga. Pero, ¿Cómo hemos conseguido todo este inmenso patrimonio artístico? Pues de muy diversas maneras.

VELÁZQUEZ, ALGO MÁS QUE UN PINTOR

Ya en tiempos de su abuela, Isabel la Católica, artistas de la talla de Juan de Flandes realizaban obras para nuestros monarcas, pero eran básicamente de temática religiosa y utilizadas como devocionales y no por “amor al arte” o afán de coleccionismo. Así pues, debe citarse a Carlos I de España y V de Alemania como el primero de nuestros Reyes que acumuló cuadros con un interés artístico y decorativo. Y un alumno aventajado fue su hijo Felipe II, que contrató a muchos pintores para embellecer el aún incipiente Monasterio del Escorial, además de encargar algunos retratos de mérito y otras obras que iba comprando y disfrutando. Incluso, se dice que El Greco vino a España solo por la fama de buen pagador de nuestro rey, aunque parece que no tuvo suerte con él, ya que nuestro monarca (como muchos otros de la época) no vio más que estridencias, ensoñaciones y el alma de un personaje perturbado en aquellas figuras alargadas que realizaba el cretense. No obstante, a pesar de rechazarle como pintor de cámara, si se cuenta que le compró de forma oculta alguno de sus cuadros más subidos de tono para su colección particular.

Aunque, si debemos poner por encima de todos nuestros reyes coleccionistas a uno solo, este sería sin duda Felipe IV. Este, consiguió para sus colecciones particulares (Estado y Monarquía eran un solo ente) cientos de cuadros de los mejores artistas italianos del Renacimiento, traídos directamente desde su origen por uno de los más cualificados especialistas del tema, un tal Diego de Velázquez. Entre el público general no es muy conocido que Velázquez fue “aposentador del Rey” y que fue mandado como tal a Italia (por segunda vez, la primera fue para aprender) con la tarea de buscar las mejores obras que se pudieran comprar de los mejores maestros italianos. Y con el buen ojo que le caracteriza, el sevillano cumplió a las mil maravillas la misión, trayendo para España algunas de las “joyas” que ahora engalanan las salas del Prado.

Real Gabinete de Ciencias Naturales, actual Museo del Prado
Real Gabinete de Ciencias Naturales, actual Museo del Prado

Pero, evidentemente, su labor fue mucho más allá de lo que haría en la actualidad un marchante de arte, y ya que tenía el título de Pintor de Cámara del Rey, pues realizó para su majestad algunas de las obras de arte más importantes de la Historia: Las Lanzas o la Rendición de Breda, Las Meninas, Los Borrachos o el Triunfo de Baco, La Fragua de Vulcano, La Fábula de Aracne o Las Hilanderas… De otros artistas españoles de esta época también hay obras destacables, aunque quizás menos representados que en otros museos (tanto en cantidad como en calidad), como pueden ser Ribera, Zurbarán, Murillo o Alonso Cano, pero que entraron a las colecciones del Museo de formas variadas que veremos más adelante.

APROVECHANDO LAS “FUNESTAS” CIRCUNSTANCIAS

Por encima de nuestro Felipe IV y en su misma época, hubo otro monarca que ha recibido de forma merecida el título de mayor coleccionista de arte de la historia. Se trata de Carlos I, que reinó en Inglaterra hasta su ejecución en 1649. Las colecciones que llegó a acumular no tienen parangón en la Historia del Arte, siendo mecenas de grandes artistas como Van Dick y comprando obras de los mejores pintores del momento y de épocas precedentes. Si bien, debe decirse que su reinado fue bastante turbulento por cuestiones políticas (rebeliones, sublevaciones, guerras…) y acabó de la peor manera: siendo ejecutado. Así pues, esto condicionó que a su muerte, sus colecciones sirvieran para pagar a acreedores de la Corona y muchas otras salieran a subasta. Y como no, las Cortes europeas se frotaron las manos con este asunto y en este río revuelto pescó la monarquía española que se hizo con buena parte de esta magnífica colección, y que nuevamente podemos observar en las paredes de nuestro museo.

Y otra historia curiosa es la de Rubens. Este magnífico pintor (mi preferido), aunque nacido oficialmente en territorio germano, vivió la mayor parte de su vida en Flandes y es uno de los máximos representantes de la escuela flamenca. Pintó para las principales monarquías europeas, y además de ser un excelente pintor aunó como ningún otro sus buenas dotes intelectuales, don de gentes, relaciones personales e influencias políticas. Debido a esto, y estando en Italia, entró al servicio del duque de Mantua, que le hizo de mecenas y le dio la posibilidad de estudiar los grandes maestros italianos. Pero no solo eso: le encargó dicho duque una embajada a España como diplomático, y aparte llevarle como regalo a nuestro Felipe III copias de cuadros italianos de la mejor factura. Y tanto en esta breve estancia como en otras posteriores, siempre con la excusa de sus funciones diplomáticas, dio el flamenco rienda suelta a su maestríapintando a personajes importantes de la Corte española, entre ellos su famoso retrato del Duque de Lerma.

Museo del Prado
Museo del Prado

Pero no queda aquí la cosa, ya que cuando regresó posteriormente a Amberes en 1608 lo hizo con una magnífica oferta de los gobernadores de Flandes, el archiduque Alberto e Isabel Clara Eugenia (hermana de Felipe III), que le encargaron numerosísimas obras y que al morir sin descendencia revirtieron Flandes de nuevo a la Corona española, además de sus posesiones personales, entre ellas muchos cuadros del susodicho Rubens. Y aún nos queda otro giro del destino. En sus últimos años Rubens ya gozaba (realmente siempre lo había hecho) de una situación económica ideal y por tanto decidió quedarse con algunos cuadros de especial relevancia y no venderlos por no verse apurado. Pero en el momento de su muerte, su familia (no sabemos si por falta de aprecio o por no conocer su futuro valor) decidió venderlos al mejor postor. Y, ¿a qué no sabéis quien estaba ahí para comprarlos? Pues nuestro Felipe IV. Entre los cuadros más apreciados, más íntimos y más personales (actualmente los más valorados por los expertos) se encontraban por ejemplo El Juicio de Paris, El Jardín de la Alegría o Las Tres Gracias. Cuadros que Rubens guardó en su taller hasta su muerte y que acabaron de esta manera que hemos referido en posesión española.

Y si de colecciones importantísimas va el asunto, qué decir de Cristina de Suecia, que a su muerte acumulaba una ingente cantidad de piezas como esculturas, pinturas y otras artes decorativas. Estas, por intermediación del Cardenal Aquaviva, fueron a parar a las arcas de la monarquía española y se reparten en mayor medida actualmente entre el Museo del Prado y el Museo Arqueológico.

NO HAY DESAMORTIZACIÓN QUE POR BIEN NO VENGA

Un hecho importante también para la conformación de las colecciones del Museo del Prado tuvo lugar en torno a 1836, cuando Juan Álvarez Mendizábal, ministro de economía por parte de los progresistas, decidió incautar propiedades que pertenecían a la Iglesia en su famosa desamortización. La excusa principal era conseguir recursos para la Guerra Carlista, vendiendo las propiedades al mejor postor, pero aparte, se quiso menguar el poder eclesiástico, que apoyaba en masa al bando carlista. Se cerraron miles de conventos, monasterios e iglesias por todo el territorio nacional, y sus tesoros (o muchos de ellos) pasaron a propiedad estatal. En algunos casos quedaron dentro de la propia diócesis y formaron parte de las colecciones que vemos actualmente en muchas catedrales. El resto pasó al llamado Museo Nacional de Pintura y Escultura, que se situó en el Antiguo Convento de la Trinidad Calzada en Madrid, justo donde actualmente está el Teatro Calderón en la Plaza de Jacinto Benavente.

Y allí se encontraban piezas religiosas de un valor excelso, de una calidad sobresaliente, que habían sido traídas de centros eclesiásticos principalmente de Madrid y provincias cercanas. Y allí se mostraron al público, siendo visitadas con gran éxito, aunque según varios autores dejaban mucho que desear su conservación, mantenimiento y exposición. Hasta 1872 fue Museo, pero ese año se decidió, por las razones antes aludidas, el traslado de todos sus fondos al Museo del Prado, que ya era Estatal a todos los efectos en ese momento. Del mismo modo, el Museo de Arte Moderno, creado muy a finales del siglo XIX también terminó integrándose en el Museo del Prado; en realidad su colección terminó posteriormente dividiéndose estrictamente entre el Museo Reina Sofía y el Prado, marcando como fecha límite el nacimiento de Pablo Picasso para su adscripción.

Del mismo modo debe apuntarse, dejando a un lado a nuestros monarcas, que una vez fundado el Museo del Prado (primero como Museo Fernandino y luego como Museo Real), muchos nobles españoles cedieron o dejaron en depósito (y nunca se pasaron a recogerlas) muchas de las mejores obras que tenían en posesión. Asimismo, los legados testamentarios también fueron muy comunes y aumentaron en mucho las colecciones actuales, tanto con obras directamente como con dinero contante y sonante que se destinó para adquirir cuadros que complementaran algún déficit en las colecciones. Sumemos a esto las compras directas por parte del Estado (recordemos que tiene el Estado derecho de tanteo en subastas), embargos y cesiones por deudas de impuestos, incautaciones y demás. Y con todo esto tendremos un panorama bastante completo de cómo llegaron las mejores pinturas a nuestro museo. Pero aún nos queda otra fase: ¿Cómo se pasó de colecciones privadas del Rey a Museo público y Estatal?

Post redactado por Álvaro Llorente para Espacio Madrid.
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1 Comentario

  1. María Dolores

    Magnifico o o siempre

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